ANCLAO EN MIAMI. Carlitos Gardel cantaba “Anclao en París”, y yo estoy ahora anclao en Miami. La verdad, ni lo podía sospechar. Salí de Ezeiza el 22 de junio y tenía que volver el 2 de julio. Pero entre medio “pasaron cosas”, como se dice ahora, especialmente que el gobierno nacional redujo en un 66% las llegadas al país desde el exterior. Fue de un día para otro y en un contexto de apertura y normalización. El propio gobierno había extendido desde junio los permisos a las líneas aéreas para que programaran los vuelos por un mes entero, en lugar de cada 15 días. Y estaba otorgando nuevas frecuencias para el exterior. Pero de pronto, esto: otra medida sorpresiva e improvisada. Así es como se administra la Argentina.
NUEVO CEPO. El año pasado se cerró la economía con la intención de “preparar el sistema sanitario” ante la pandemia. La economía cayó el 10% y estamos llegando a los 100.000 muertos. Aparecieron vacunatorios VIP y el plan de vacunación no ha sido lo que se esperaba, con muchos angustiados porque no reciben su segunda dosis y otros porque no han accedido a la primera. Ante semejante fracaso, la solución es un nuevo cepo, que sólo lleva a plantearse unos cuantos interrogantes.
ESTADO FALLIDO. ¿En serio la República Argentina no puede controlar la llegada de 2.000 personas por día a través de un solo aeropuerto habilitado? ¿En serio no puede hacer el seguimiento posterior de las cuarentenas, cuando esas personas tienen que llegar con PCR obligatorios desde el exterior y hacerse otro nuevo al arribar a Buenos Aires? ¿En serio que tenemos un Estado tan grande y caro y no somos capaces de hacer cosas tan simples? A eso agreguemos que la gran mayoría de los que llegan, por ejemplo desde Miami, ya lo hacen vacunados. Hacerse esas preguntas es demoledor, porque nos muestra simplemente cuán cerca estamos de ser un “Estado Fallido”.
IRONÍA. Tengo la obligación de separar mi situación particular del análisis general, pero puedo plantear una ironía: los varados estamos pagando el “Impuesto País” a un país al cual no nos dejan volver. Punto. Es todo lo que diré al respecto.
FILOSOFÍA Y PACIENCIA. ¿Cómo vive un “anclao”? Digamos que con la mayor filosofía posible. Con mi agente de viajes -mi amigo Arturo Cortés- estamos en contacto a cada rato, y él está tan ansioso como yo. Es muy rara esa sensación de no saber cuándo se podrá volver, y casi mejor no leer las noticias de allá ni enroscarse en grupos o redes sociales. El espíritu de vacaciones ha sufrido un duro golpe, y tratamos de mantenerlo al máximo posible, pero a la vez hay que contemplar que esto puede durar mucho, regular los gastos, la alimentación, y mantener un ritmo de trabajo cercano a lo normal. A la larga, todo será una anécdota y una experiencia única. Y por suerte existen el WhatsApp, las videollamadas y todo eso. Ayudan a pasar el mal trago, aunque nada despeja la frustración de sentir que se nos está cercenando una libertad fundamental.
CÓMO NOS VACUNAMOS. Mi experiencia con la vacuna fue muy sencilla: caminamos seis cuadras hasta un centro montado especialmente para eso, nos preguntaron cuál nos queríamos aplicar (Johnson & Johnson o Pfizer), mostramos el pasaporte (podía ser también el carnet de conducir), pusimos el brazo, y listo. Como tenemos la esperanza de que en algún momento nos digan que se abre un vuelo, nos haremos cada dos o tres días un test de PCR, porque tiene que hacerse en las 72 horas previas al regreso. Hay un centro de PCR gratuito a otras pocas cuadras, y vamos pidiendo los turnos online. Todo tan simple y opuesto a la Argentina que queda claro que la pandemia, en definitiva, nos dejó desnudos a todos, y que la brecha entre los países mejor y peor organizados será mucho mayor que antes de la peste.
UN DAÑO QUE NO PODEMOS CONTABILIZAR. Como lo explicitó la advertencia de Roger Zaldívar sobre las córneas que se estaban perdiendo para trasplantes, el nuevo cepo tiene efectos que van mucho más allá de los “varados en Miami” (también hay varados en otras ciudades y otros países). Esto es un nuevo golpe a la confianza general y otra muestra de alta improvisación. Y otro golpe al sector turístico, en un momento en que, de a poquito, estaba empezando a remontar. ¿Cómo puede generar confianza un gobernante si los ciudadanos no saben con qué los puede sorprender la semana que viene? El aislamiento de la realidad de parte del gobierno, y la sobredosis de ideología, siguen generando un daño a la Argentina que todavía no podemos contabilizar.
Y UN GRACIAS, POR SUPUESTO. Dentro de esta situación, hay algo muy importante por destacar: la solidaridad de muchos mendocinos que me han hecho llegar muestras de afecto y ofrecimiento de ayuda de diverso tipo. No puedo nombrarlos a todos, pero cada uno sabe que aprecio individualmente sus mensajes y llamadas. También rescato el respeto de varios colegas, que me hicieron notas en radios, diarios y canales de televisión para que les contara qué sentí al enterarme de que el regreso se ha convertido en un acertijo. A la distancia, todas esas expresiones se magnifican. Y en el largo plazo -así funciona el cerebro humano- la nostalgia se encargará de rescatar estos gestos y de apartar los malos recuerdos. Desde el hotel de mi involuntaria estancia extendida en Miami, va el mayor de los agradecimientos para todos.


