26 de julio 2026
Ya habrá tiempo para hablar de que el gobierno sigue promoviendo sus reformas, de que la oposición agradece cada uno de los errores de Milei, de que parece que a Chiqui Tapia esta vez se le viene la noche, de que la actividad económica sigue en velocidad crucero, de que las exportaciones marcan números récord (aunque muchos lloren atraso cambiario) o de que las volteretas de Trump en Irán están haciendo subir de nuevo el precio del petróleo. Habrá tiempo para todo eso. Pero el Mundial de fútbol todavía prolonga su efecto sobre nuestras conversaciones, así que hay un par de cosas que quiero aprovechar para compartir.
ORGULLO POR LA SELECCIÓN. La derrota en la final me significó una tristeza serena en los primeros días, seguida posteriormente de un orgullo que pocas veces había experimentado. No sé si es porque me estoy poniendo grandecito, pero realmente me gustó la forma en que estos pibes remontaron la adversidad en muchos partidos, y también me gustó la entereza con que enfrentaron tantas críticas desde afuera, tantas sospechas estúpidas, tanta bronca injustificada hacia este equipo y tanta agresión insostenible (el país del crisol de razas, de la libertad de vientres en 1813 y de la educación pública desde 1884 como columna vertebral de la nación, ¡racista!). Había tantos que querían que nos fuera mal, que me encantó que nos fuera muy bien, porque llegar a una final de un Mundial es sólo para unos pocos (de los últimos trece mundiales, Argentina llegó a seis finales). Y, para ser sincero, no me lo hubiera imaginado hace unas semanas, cuando lo primero que decía era que a la gloria ya la teníamos y que esta vez me conformaba con que llegáramos “lo más lejos posible”. La humildad y la garra del equipo, el liderazgo virtuoso de Messi y Scaloni, el reconocimiento de decenas de millones de argentinos que empatizamos con lo que representaban, me hacen decir que, si generamos en otros algo de resentimiento o de envidia oculta, en este caso el problema no es nuestro. Yo me siento muy orgulloso de lo que logramos, y si otros se alegran de que hayamos perdido una final, debe ser porque algo tenemos que a ellos les gustaría tener. Y que cada uno trate como pueda sus problemas de autoestima.
LAS MALVINAS Y AQUEL VIAJE LLENO DE DOLOR. Una de las derivaciones inesperadas de este Mundial fue que la Selección, con el despliegue de una sábana pintada con aerosol después del partido contra Inglaterra, visibilizó para todo el planeta el reclamo por las Islas Malvinas. Fue hermoso y emocionante, y nos permitirá que, en el futuro, aunque sea gracias al fútbol, nuevos argentinos (y quizás algunos extranjeros) se interesen más por lo que sucedió en las islas. Como el tema se ha reinstalado -además, mezclado con el ruido post final y lo que algunos consideran disparatadamente como una “campaña antiargentina”-, es una buena ocasión para compartir lo que experimenté durante un viaje a las Malvinas en 2016, que escribí en un capítulo de mi libro “Viajes con el alma despierta”.

El dolor de Malvinas
En las Islas Malvinas no se desembarca con facilidad.
El calado del puerto no permite que atraquen barcos de gran tamaño, así que sólo se puede llegar en embarcaciones pequeñas. Si el tiempo lo permite, el crucero se detiene mar adentro, los pasajeros suben a unas lanchas y así se los transporta hasta la orilla. Cuando los agentes de viajes mencionan que uno de los puertos es Malvinas, aclaran que la bajada dependerá de las condiciones del tiempo de ese día.
Por suerte, el 25 de enero de 2016 pudimos bajar.
Lo primero que se encuentra cuando se sale de la rampa es un cartel que dice “Falkland Islands”. Y ahí nomás, una cabina telefónica de color rojo de diseño típico inglés. Y todo empieza a doler.
Puerto Argentino es, básicamente, una calle de unos 500 metros (“Ross Road”) que está sobre la costa, y dos calles paralelas hacia arriba de una extensión similar. Son unos 2.000 habitantes que circulan en camionetas tipo Land Rover con el volante a la derecha, y que manejan por el carril izquierdo. Para un argentino, sería una ironía enormemente cruel morir atropellado por no saber que los vehículos vienen desde el otro lado.
En Puerto Argentino nos subimos al ómnibus de la excursión y partimos para el Cementerio de Darwin. A los pocos cientos de metros, el camino ya era de tierra. Y ahí estaba ese paisaje de tantas fotos, de tantos noticieros de la guerra, de una vegetación amarronada, y nombres que evocaban tantas memorias dolorosas: Monte Longdon, Monte Kent, Monte Pleasant.
El guía era un malvinense muy respetuoso, que había vivido unos años en Chubut y hablaba el castellano a la perfección. Por ahí hizo parar el ómnibus y nos señaló un montoncito de piedras, con una forma cuadrada: “Eso era un refugio de soldados argentinos”. Yo me imaginaba a algún soldado agachado, con ese viento, la moral en baja, mal alimentado, lejos de todo.
El silencio crecía en el ómnibus.
Hicimos una parada de media hora en Pradera del Ganso y ahí visualicé en forma definitiva lo que es el clima en las Malvinas.
Cuando llegamos había sol, pero corría mucho viento. A los pocos minutos se nubló y llovió, mientras seguía corriendo mucho viento. Un rato después, todo estaba despejado y seguía corriendo mucho viento. Pradera del Ganso eran unas pocas casas, unos galpones y una especie de gimnasio. Y un pequeño negocio, mezcla de kiosco y almacén.
Después fuimos para Darwin, donde están enterrados los soldados argentinos, y el guía nos solicitó: “Pueden expresarse como lo deseen, pero por favor no lo hagan de manera muy evidente. Si quieren llevar una bandera argentina, pueden hacerlo. Pero no hace falta que la agiten”.
Nunca he sentido tanta desolación como en Darwin, a pesar de que estaba con Paula, mi hermana Mylene y mi cuñado Roberto Ruiz.
Estaban las placas de cada tumba, todo limitado por unas cercas blancas. Y una lista con los nombres de todos los caídos. Y una imagen de la Virgen, frente a la cual algunos rezaron el rosario.
En muchas placas figuraba el nombre del soldado caído, pero en otras decía: “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. Yo miraba los rostros de los compañeros de viaje y en todos había conmoción, dolor, incredulidad. Un hombre grande lloraba frente a una tumba y me preguntaba si ahí no estaría enterrado su hijo. Yo iba leyendo los nombres, de a uno, y en una hilera encontré una secuencia aterradora, paralizante: “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. “Soldado argentino sólo conocido por Dios”.
Me ponía en el lugar de cualquier padre cuyo hijo no hubiera sido identificado y que pensara: “Mi hijo puede estar acá”. Era enloquecedor.
Un cordobés sacó una armónica y empezó a tocar el himno nacional. El himno nacional en el cementerio de las Malvinas, con el viento, el paisaje tan hostil, las tumbas… era irreal. Después le pregunté cómo se le había ocurrido la idea, y me contó que un amigo suyo había estado en la guerra, y que desde entonces su sueño era tocar el himno en el cementerio. Ni siquiera sabía de música: se compró la armónica, aprendió por un tutorial de YouTube cómo tocar el himno, y se la llevó al viaje sólo para tocarlo allí.
Eran todos golpes al corazón.
Una mujer había llevado una plantita de algo para sembrarla allí. Lo hizo.
Otros caminaban, mudos. Otros lloraban abiertamente. Y todos llorábamos de una manera u otra.
De pronto, Paula me dijo: “No nos podemos ir de acá sin un recuerdo”. Por suerte tenía una bolsita de nylon en el bolsillo, de unos caramelos, y allí guardé un puñado de piedras. Rogaba que no me las quitaran en el scanner al regresar al barco, pero no hubo problemas.
En la biblioteca de mi casa está ese puñado de piedras sueltas. Así nomás, como esparcidas sobre una de las estanterías. A veces, algunos amigos que van a comer me preguntan, divertidos: “¿Y qué hacen esas piedras ahí?”. “Son del cementerio argentino en las Malvinas”. Y se suelen quedar mudos.
El regreso fue difícil. A lo lejos estaba la base militar británica, 1.500 soldados para una población de 2.000 habitantes. Y cuando nos acercábamos a Puerto Argentino, el guía nos mostraba los lugares por los cuales las tropas británicas se habían acercado a la capital, antes de la batalla final.
Insisto: todo parecía irreal.
El paseo por Ross Road, antes de volver a la lancha, por lo menos me permitió despejarme del mazazo de Darwin. Había una iglesia pequeña, pero claro, era “la catedral anglicana más al sur del mundo”.
También había dos supermercados, que serían almacenes en cualquier barrio de la Argentina. Y el Penguin News, el diario de la isla, una casilla de madera por cuya ventana me asomé y sólo vi cuatro escritorios con computadoras. Me hubiera gustado presentarme y conversar con algún colega, pero no había nadie.
Al final de la calle estaba el monumento a los soldados británicos caídos, con el nombre de cada uno grabado en mármol. Y un busto de Margaret Thatcher.
Y el dolor profundo no terminaba, no terminaba, y sigue sin terminar.

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BONUS TRACK: HAS TENIDO LO TUYO

Diario Los Andes: https://www.losandes.com.ar/sociedad/entre-el-periodismo-y-la-introspeccion-mauricio-llaver-presento-has-tenido-lo-tuyo-diario-los-andes-n5965714
Jornada Online: https://www.jornadaonline.com/radio/mauricio-llaver-este-libro-nacio-de-una-catarsis-y-termino-siendo-un-legado/
Memo Diario (entrevista de Gabriel Conte): https://www.memo.com.ar/cultura/mauricio-llaver-libro/
Radio Nihuil (entrevista de Paula Jalil y Andrés Gabrielli): https://www.radionihuil.com.ar/entrevista-a-mauricio-llaver-sobre-su-libro-has-tenido-lo-tuyo/
Diario Los Andes (Rubén Valle): https://www.losandes.com.ar/espectaculos/sean-oportunistas-lean-libros-un-adelanto-del-libro-mauricio-llaver-n5942864
Memo (Gabriel Conte): https://www.memo.com.ar/cultura/mauricio-llaver/




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