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Ley Bases: otra de aquellas semanas argentinas inolvidables / Newsletter de Mauricio Llaver

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16 de junio 2024

Para entender lo que significa la aprobación de la Ley Bases, no hay que olvidar ni por un instante que el gobierno de Javier Milei padece de una profunda anomalía estructural. El presidente no cuenta con ningún gobernador de su propio partido, prácticamente con ningún intendente (tres en todo el país), y sólo 7 sobre 72 senadores (el 9,72% del total) y 38 de 257 diputados nacionales (el 14,78%). Con esa debilidad política inédita, en sólo seis meses ha conseguido una ley que le brinda amplios poderes para reformar el Estado, atraer grandes inversiones, y avanzar con la madre de todas sus batallas: la erradicación del déficit fiscal, al que considera como la fuente esencial de nuestra decadencia.

La forma final de la Ley Bases todavía está lejos de conocerse, primero porque deberá ser tratada nuevamente por la Cámara de Diputados, y segundo por su tamaño pantagruélico, que llevará un tiempo de digestión e interpretación mientras comienza a aplicarse. Pero el mensaje de fondo ya está emitido: Milei tiene herramientas para gobernar la República Argentina, y despeja con eso las dudas más inquietantes sobre su inaudita aventura política.

La aprobación de la ley es el resultado de algo que al presidente se le reclama desde el primer día de gobierno: la necesidad de hacer política. Eso es lo que ha sucedido, con métodos que se remontan al comienzo de los tiempos y se proyectan hacia toda la eternidad: el diálogo, la rosca, la concesión, el toma y daca, los que sueñan con una embajada, los que se tornan indecisos justo el último día, y una larga lista de seres humanos con principios a los que se sujetan con mayor o menor flexibilidad. Ese es el material a mano y, en medio de ese laberinto, Guillermo Francos, el jefe de Gabinete con el ADN más puro de “la casta”, ha conseguido lo que ojalá sea un punto de inflexión en la Argentina de la famosa máquina de impedir.

Esta votación histórica adquiere más relevancia por el contexto de violencia que generaron los profesionales de siempre, los dictadores del espacio público, los incendiarios, los Valdés, los Moreau, los Wado, los Mayans, con sus lágrimas previsibles y sus pedidos de cuarto intermedio “para detener la represión de afuera”. Esta vez el intento falló porque a esa película ya la habíamos visto (diciembre 2017) y el truco estaba gastado. A lo que hay que sumar la experiencia de Patricia Bullrich (víctima como ministra de Seguridad de aquellos disturbios desestabilizadores del ‘17) y la coordinación con el gobierno de CABA, que acordó al detalle todo el operativo con la Nación. Como a Dios gracias no hubo víctimas, uno tiene que agradecer, en el fondo, que las cosas hayan sido así, con un escenario donde quedó explicitado quiénes son los violentos de afuera y los cómplices de adentro del Congreso. Desde ahora en adelante, ya no les será fácil engañar a los ciudadanos con una táctica obsoleta que expresa que, afortunadamente, al mago se le ha agotado la imaginación.

También hay que agradecer que esta votación, tan al filo de todo, haya dejado otra vez al descubierto quién es quién en la política argentina, desde los dos santacruceños dubitativos que pusieron en riesgo el quorum, hasta el egocentrismo de Martín Lousteau, ex ministro de Cristina devenido en presidente de la Unión Cívica Radical (un partido histórico que podría ofrecernos una vibrante convención en la que se debatiera el tema de la representatividad, aplicado a su figura principal). Un solo número explica todo: de 13 senadores radicales, 12 votaron a favor de la Ley Bases y sólo Lousteau lo hizo en contra. Y en cuanto a su “dictamen alternativo”, no lo apoyó ninguno de los senadores de su propio partido.

La aprobación del Senado facilita la trabajosa remoción de bombas de tiempo que dejaron Alberto, Cristina y Massa, y en ese contexto hubo unas cuantas noticias alentadoras esta semana: la positiva reacción de los mercados a partir del jueves, motorizada por la mayor previsibilidad; la renovación del swap de monedas con China (US$ 5.000 millones que no se pagarán este año y se patean hasta 2026); el índice de inflación de mayo de 4,2%, la más baja desde enero de 2022 (durante todo su ministerio de venta de humo al por mayor, Sergio Massa no tuvo nunca un índice tan bajo como ese); y el anuncio de Luis Caputo del fin de las tasas negativas y de un acercamiento al FMI para apurar la salida del cepo. Son noticias macro que no disimulan la recesión de la economía, pero son imprescindibles para dejar atrás la catástrofe económica, fiscal e inflacionaria en que se recibió el país.

El acompañamiento mendocino a este proceso es tan sobrio como indisimulable, no sólo con los votos de Rody Suarez y Mariana Juri a favor de la ley (que jamás estuvo en duda), sino por los movimientos de Alfredo Cornejo para el comunicado de apoyo de los gobernadores de Juntos por el Cambio. Cornejo se encolumna silenciosamente detrás del ordenamiento del Estado nacional, aunque esté ejecutado a los hachazos, porque sabe que si no se arregla la macroeconomía, Mendoza jamás podrá desplegar su potencial. Ese apoyo discreto ya nos viene dando resultados: la semana anterior, el gobernador había firmado con Guillermo Francos –el hombre con el que hay que firmar– un acuerdo para mantener la asistencia de la Nación para toda la obra pública que estaba en marcha. Es una apreciable cantidad de proyectos, que suman cerca de US$ 200 millones, y no hay dudas de que es resultado de la actitud positiva de Cornejo hacia el gobierno nacional, que se sustenta en una idea-fuerza compartida: si no hay orden en las cuentas públicas, el Estado no puede brindar los servicios que está obligado a brindar.

El vértigo argentino nos ha hecho vivir otra de esas semanas inolvidables en las cuales, al borde de todo, vuelve a asomar una esperanza. Porque no hay que olvidar que los modos exóticos de Milei, la calesita de la negociación política, la agonía de los recuentos de votos legislativos, las cifras macroeconómicas que todavía no se manifiestan en el supermercado, sólo serán de utilidad si en algún momento recuperamos una expectativa de futuro que deje atrás nuestras frustraciones. La asombrosa tolerancia de estos meses quizás esté sustentada en la ilusión de que, esta vez, las cosas puedan funcionar. Y desde esa actitud de no resignación, emergen algunos signos vitales que recuerdan al llamado al espíritu que hacía Dylan Thomas en uno de sus versos más famosos: “Enfurécete, enfurécete contra la muerte de la luz”.

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