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Lifestyle: los recomendados de… Joaquín Hidalgo, periodista especializado en vinos

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«Últimamente estoy muy metido probando vinos. Pero cuando levanto la vista de las copas, hay dos placeres me gusta transitar», dijo a Punto a Punto.

La música, que siempre suena. Desde que el algoritmo de Spotify me gobierna a diario, he ido haciendo algunos descubrimientos que, sumados a los gustos anteriores, aportan y mucho. Por ejemplo, Biel Ballester Trío es un grupo de gipsy jazz lleno de colores en sus guitarras que suena ahora mismo mientras escribo, o el silbido impecablemente afinado de Andrew Bird que suena con la precisión del violín en sus buenos discos, como el flamante My Finest Work Yet.

También el inspirado Cotton Jones que, como descubrió mi hijo, pica salamines de la misma tabla musical que Jim Morrison. Aunque claro, no dejo de pasar por algunos clásicos más cerebrales como The Bad Plus o la piel de gallina de los crudos sonidos de Neil Young en On the beach. Qué sé yo: haga lo que haga, una vez a la semana punteo con el pie los ritmos de J.J. Cale y trepo a las alturas de Coltrane.

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Y, otra vez a través del melómano de mi hijo, revisito desde las melodías inspiradas del primer Spinetta o el piano cromático de Axel Krygier, para desconar algún auricular con Riff. Es verdad, todo raro y mezclado.Y nunca falta algún bolero lacrimógeno, siempre reversionados, como los que proponen Poli y Prietto y la peruana La Lá.

El otro, son los libros. Con mi mujer tenemos una biblioteca exquisita. Ella sobre todo. Así es que leo. Y mucho. Ecléctico también acá. De entre lo último que me voló la cabeza hay un colombiano que se llama William Ospina, cuyo “El año del verano que nunca” me pareció algo deslumbrante: cómo fue que nació y de qué manera y en qué contexto un monstruo tan particular como Frankenstein. También “Las Malas”, el vitalísimo texto de Camila Sosa Villada sobre el mundo travesti en la Córdoba contemporánea, me arrancó risas y lágrimas.

Aunque, para libros increíbles de esta temporada, “Claus y Lucas” de Agota Kristoff es una joyita que suena ahora como un clásico contemporáneo y que transita, con una densidad y a velocidad de tren desbocado, la aterradora vida de unos gemelos en la guerra y la posguerra de un pueblo húngaro. A los que les sumo dos títulos más. “Once tipos de soledad”, el demoledor libro de relatos que consagró a Richard Yates recientemente editado en español, que conviene sazonar con Stoner, la historia de un anodino profesor con una vida apasionantemente contada por John Williams, aún cuando es perfectamente normal y corriente.

Pero si de un clásico se trata, Leonardo Padura musicaliza las palabras con un canto habanero que enamora en sus novelas, incluso en el infaltable “El hombre que amaba a los perros”.

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