DESTACADA Mendoza Newsletter de Mauricio Llaver Vinos

Wine Celebration (Cosecha Agosto 2022) / Newsletter de Mauricio Llaver

Chandon Cuvée Reserve Blanc de Blancs / Trivento White Malbec, Reserve Malbec y Malbec Orgánico / O. Fournier B Crux Sauvignon Blanc 2015 / Altos Las Hormigas Malbec Clásico / Mendel Malbec Finca Remota 2015 / El Esteco Chardonnay Partida Limitada 2019 / López Chateau Montchenot 1983 / Rutini Brut Nature Cosecha 2018 Método Champenoise / Casarena Single Vineyard Jamilla, Owen, Lauren y Naoki / Viña Cobos Bramare Malbec 2017 / Durigutti Malbec 1914 Proyecto Las Compuertas / Norton Perdriel Centenario 2019 / La Celia Paraje Altamira, La Consulta y Eugenio Bustos / Huentala Block 3 La Isabel Estate Malbec 2019 Gualtallary / Bonarda, la historia de un gran vino.
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EL REY DEL MUNDO (DE LAS BLANCAS). El Chardonnay es el rey mundial de las uvas blancas, y en Argentina muchos lo saben. Por acá tenemos grandes maestros y grandes alumnos en su elaboración, como Pepe Galante, Mariano Di Paola, Susana Balbo, Marcelo Pelleriti o Alejandro Vigil. Todos hacen unos Chardonnay singulares, de alto nivel y cada vez mejores. Pero el Chardo es también uno de los varietales clásicos para base de espumantes (el otro es el Pinot Noir), y en Chandon fueron pioneros en nuestro país a partir de los años 60´s, cuando comenzaron a cultivarlo a las mayores alturas posibles, en busca de la frescura y acidez que emularan a los champagnes de su región original en Francia. Esa experimentación ha llevado a productos como el Chandon Cuvée Reserve Blanc de Blancs, a cargo del chef de cave Diego Ribbert, una maravilla 100% Chardonnay al que hice honor este 26 de mayo, en homenaje al Día del Chardonnay. Su acidez, y un toque de cremosidad en boca, hicieron que la cena transcurriera hermosamente, con una buena charla de por medio, hasta que de pronto la botella se había terminado. No hay mejor manera de reconocer a un gran vino.

NÚMEROS QUE ASOMBRAN, Y CRECIENDO. Cada vez que Marcos Jofré, CEO de Trivento, me cuenta los números y distinciones de la bodega, me mareo. Son abrumadores. Las exportaciones de los vinos de alta gama crecieron 70% en los últimos dos años; Trivento fue la marca argentina número uno en valor de ventas; el Trivento Reserve Malbec fue la marca más vendida del mundo entero en Gran Bretaña; el White Malbec crecerá de 72.000 cajas de nueve litros el año pasado a 170.000 en la actual cosecha. Hay que ir anotando cada cosa con cuidado, porque se corre el riesgo de mezclar los tantos. Esta semana estuve con varios colegas en la presentación de tres Malbec, orientada a mostrar la diversidad del varietal y de la propia bodega. En orden de aparición, degustamos con los enólogos Germán Di Cesare y Maximiliano Ortiz las cosechas 2021 del White Malbec, del Reserve Malbec, y del nuevo Malbec Orgánico. Fue un buen viaje, porque el White Malbec muestra el nuevo horizonte del varietal, en lo cual Trivento fue pionero; con el Reserve, basta decir que su producción creció de 450.000 litros iniciales a 15 millones; y el Orgánico está hecho con uvas de fincas certificadas como orgánicas, y no contiene sulfitos. En Trivento hay un dinamismo, una misión, una vibra, que la transforman en una de las bodegas para seguir con más atención.

VINOS QUE SE TOMAN CON NOSTALGIA. Hay vinos que se toman con nostalgia, porque se sabe que se agotan y que no se repetirán. Me acaba de ocurrir con el B Crux Sauvignon Blanc 2015 de O. Fournier, que tiene el sello de José Spisso en aquella etapa pionera de la bodega de San Carlos. Lo tenía guardado José Manuel Ortega, quien construyó aquella bodega de estilo demencial, y lo tomamos en un almuerzo con nuestro amigo Andrés Gabrielli. El vino está estupendo de por sí, pero tratándose de un Sauvignon Blanc, asombra que sea de la cosecha 2015. Cualquier manual de vitivinicultura habla de que el SB es un varietal que se aconseja tomar fresco, preferentemente en el año de su cosecha. Pero este ya tiene siete años y está como nuevo. Y deja la sensación de que lo va a estar por muchos años más. Este B Crux marchó hermosamente con un arroz con arvejas y cachetes de abadejo, entre otros ingredientes visibles y no visibles. Y mientras lo probaba (y volvía a probar) me decía cuánto hemos avanzado en Mendoza, con varietales elaborados para tener una guarda que antes no nos hubiéramos imaginado. No sé si esta etiqueta se podrá conseguir en alguna parte, pero si la ven, aconsejo ir a por ella: es como una gema que se extingue y que no habrá manera de recuperar.

UN MALBEC CLÁSICO-CLÁSICO. El Altos Las Hormigas Malbec Clásico se llama así porque es justamente lo que se dice su etiqueta: un clásico Malbec. Digo, una búsqueda de representar al Malbec tal cual es, con su color negro profundo con tintes violetas y un sabor jugoso en la boca, que simplemente genera ganas de seguir con otra copa. Federico Gambetta, su enólogo, cuenta que este cosecha 2019 buscó mostrarlo tal cual se expresa en Mendoza, con 80% de uvas de Luján de Cuyo, 20% del Valle de Uco, y nada de madera en su crianza. Es riquísimo y de manual, como para mostrarle a un no iniciado lo que puede ser un buen Malbec. Altos Las Hormigas, ubicado en Medrano, es un proyecto de inversores y winemakers italianos como Alberto Antonini y Antonio Morescalchi, y eso se nota en el estilo de este vino: rico, tomable, jugoso y amable en la boca. Los italianos tienen tan incorporado al vino en su ADN que los griegos clásicos llamaban “Enotria” al territorio que hoy es Italia, porque estaba lleno de viñedos. Toda esa historia y filosofía se reflejan en el Malbec Clásico 2019, que persigue el fin más simple e indiscutible del mundo: elaborar un vino que genere placer.

LA EMOCIÓN DE LOS VINOS DE ROBERTO. Cada vez que pruebo un vino de Roberto de la Mota, tengo una sensación de seguridad absoluta de que detrás de él hay mucha sabiduría. Roberto no sólo es hijo del legendario Raúl de la Mota, sino que es un gran enólogo por derecho bien propio, un estudioso, un investigador consecuente, que asegura que “los vinos cada vez son mejores porque cada vez se investiga más”. Eso se nota en el Mendel Malbec Finca Remota 2015, que tuve la suerte de probar en una cena con él y otros amigos. Viene de un viñedo de más de 60 años del Valle de Uco y tiene como una cosa de vino rico con algo de evolución, y otra cosa de vino rico con color joven, y otra cosa de vino rico con fruta bien presente. En resumen: un vino con mucha riqueza de aromas y sabores, sabroso, placentero, con memoria en el paladar, que está buenísimo y lo va a seguir estando en los próximos años. Roberto es un gran maestro del vino y de la vida, y quizás por eso me emocione tanto hablar de sus creaciones. Y como los vinos que nos dicen algo son fundamentalmente emoción, todo cierra.

NUEVAS ZONAS VITIVINÍCOLAS (Y UNA COMIDA CON EL GRAN EMILIO). En la Argentina van apareciendo tantas buenas zonas vitivinícolas que uno no para de sorprenderse. En Chañar Punco, Catamarca, El Esteco elabora el Chardonnay Partida Limitada 2019, con el que se pueden combinar decenas de buenas comidas. Chañar Punco está en el cono sur de los Valles Calchaquíes, y desde ahí hacia el Norte se van encontrando varietales, alturas, texturas, riquezas minerales, que abren toda una nueva paleta para los vinos argentinos. Tuve la suerte de compartir este vino con Emilio Garip, en su clásico restaurante Oviedo, en Buenos Aires, y el Chardo funcionó como los dioses son los chipirones, los langostinos a la plancha, las croquetitas, el gravlax, la paella, y todas las maravillas que tuvo la amabilidad de hacernos probar con mi esposa Paula y mi primo Gustavo Llaver. Así son los grandes recuerdos de la vida: buena compañía, buena conversación, buen vino, buena comida. Mientras eso exista, todo lo demás puede seguir esperando.

TODA UNA VIDA DE POR MEDIO. Bodegas López tuvo la buena idea de replicar en Mendoza su degustación “López de Punta a Punta”, que todos los años organiza en Buenos Aires. La consigna es sencilla: se pueden probar absolutamente todas las etiquetas de la bodega, desde los Traful y Vasco Viejo hasta los Montchenot más antiguos, además de mi favorito, el Federico López Reserva 2005 (del cual acaban de lanzar una edición cosecha 2014). Fui con una idea predefinida de lo que iba a probar, pero me encontré con la sorpresa del Chateau Montchenot 1983, el último que llevó la palabra “Chateau” en la etiqueta. Y pensaba: cuando se hizo este vino yo estaba entrando a la facultad, y fue el año que Alfonsín ganó las elecciones. Desde entonces ha pasado toda una vida, cayó el Muro de Berlín, apareció Internet, me transformé en marido, padre, abuelo… Dios santo, cuánto puede significar un vino que atraviese de esa manera la barrera del tiempo. En la copa aparecen los tintes marrones y naranjas de los vinos de crianza larga, pero el sabor es estupendo, y es una maravilla constatar cómo cambia el aroma, cómo van apareciendo capas de sabores y cómo se va estableciendo una complicidad mágica entre ese líquido cargado de historia y el registro del paladar. Por lo menos una vez en la vida, hay que probar un vino como ese.

LAS BURBUJAS FESTIVAS DEL NANI. Cuando se piensa en la marca Rutini, lo primero que surge son sus grandes etiquetas de vinos tranquilos, como Felipe Rutini, Antología, Apartado, o Rutini Single Vineyard. Es natural, porque son todos vinos que quedan en la memoria de cualquiera que los pruebe. Pero desde hace unos años, Rutini viene haciendo un desarrollo extraordinario con sus espumantes, con un trabajo constante de investigación y búsqueda de mayor calidad. Con Nani Di Paola al frente del proyecto, y la experiencia de su padre Mariano como respaldo, en Rutini viajan todos los años a Francia para conocer viñedos, estudiar métodos de elaboración, y ponerse al tanto de las últimas novedades del irresistible mundo de las burbujas. E inversamente, contratan a expertos franceses para que vengan al Valle de Uco, recorran los viñedos, y los asesoren y guíen con los productos locales. El resultado son productos como el Rutini Brut Nature Cosecha 2018 Método Champenoise, que tomé esta semana para celebrar el Día del Periodista. Está hermoso, tiene una acidez justa para combinarlo con varias comidas, y esas burbujas festivas que hacen que degustar un espumante sea siempre una ocasión para recordar. Sería un gran avance que hiciéramos más cotidiano el consumo de espumantes, y ejemplares como este Rutini pueden ser un gran comienzo.

OTRA REIVINDICACIÓN DE LUJÁN DE CUYO. Desde hace unos años, ha empezado una saludable reivindicación de Luján de Cuyo como zona vitivinícola, y bien que lo merece. Una de las bodegas que empuja en esa dirección es Casarena, ubicada en la calle Brandsen, que posee sus cuatro fincas en Perdriel y Agrelo: Jamilla, Owen, Lauren y Naoki, que son los nombres de los nietos de sus propietarios, el matrimonio estadounidense de Peter y Karen Dartley. El proyecto está comandado en Mendoza por Claudia Piedrahita, y hace unos meses incorporó a Martina Galeano (formada en la Universidad de Davis) en enología, quien está acompañada por Pablo Ceverino en la parte agronómica. Probé el portfolio completo de Casarena, junto con muestras de tanques de la cosecha 2022. No sabía con cuál quedarme. Durante la degustación se notó la claridad conceptual sobre el ensamble entre viñedo y bodega, con una enóloga que recorre las fincas y un agrónomo que opina al pie de las vasijas. Sebastián Vélez Romero, a cargo de Marketing y Comunicaciones, lo definió así: “Buscamos respetar la identidad de las fincas y representar a Luján de Cuyo como región vitivinícola”. Todos los vinos son de categoría, pero si tengo que elegir, me quedo con la línea Casarena Single Vineyard, tres Malbec, un Cabernet Sauvignon, un Cabernet Franc, un Petit Verdot y un Chardonnay de alta calidad en todos los casos. Fue difícil elegir el que me gustó más (el Cabernet Franc), pero en la vida hay encrucijadas peores.

AMISTAD INMEDIATA CON EL PALADAR. Por suerte para todos, Mendoza y la Argentina están produciendo Malbec de altísima calidad y cantidad desde hace ya un buen par de décadas. Un buen ejemplo es el Bramare Malbec 2017 de Viña Cobos, que tenía guardado desde hace un tiempo y abrí esta semana. Es increíble, pero tiene cinco años y parece nuevo, está fresco, potente, redondo, y es un placer para la vista, el olfato y el paladar. Viña Cobos empezó en Mendoza cerca del cambio de siglo, con Paul Hobbs como guía, con un proyecto que se basaba en un concepto muy sencillo: búsqueda de calidad. Empezaron en Luján de Cuyo con un pequeño viñedo propio y fueron plantando otros nuevos, mientras se asociaban con productores que les aseguraban uvas de la calidad que pretendían. Después, como muchas otras bodegas, se expandieron al Valle de Uco. De allí proviene este Malbec 2017, que en cierto modo simboliza el camino ascendente de nuestra cepa insignia: una inversión en su zona de origen liderada por un extranjero curioso, que se extendió a una nueva región para ensanchar sus horizontes. Sólo por eso valdría la pena probarlo, pero lo más importante del vino es el placer, y este vino genera una amistad inmediata con el paladar.

RESCATE DE UN PUEBLO Y UNA TIERRA. La apertura del restaurante Cinco Suelos -Cocina de Finca, en Las Compuertas, en la bodega Durigutti, y fue una buena ocasión para conocer el Durigutti Malbec 1914, cuyo nombre proviene del año de plantación del viñedo. Los hermanos Héctor y Pablo Durigutti están empeñados en reivindicar la zona de Las Compuertas, y por eso anuncian desde la etiqueta que van “al rescate de un pueblo y una tierra con historia”. Lo están logrando con vinos como este, un Malbec de la cosecha 2018 que llena la boca sin agredirla y que está equilibrado, complejo y jugoso. Y que mejoró notablemente a medida que el oxígeno hacía su trabajo. El Malbec fue sólo uno de los vinos que acompañaron el menú, que persigue la misma filosofía de reivindicar a Las Compuertas con el uso de materias primas del lugar. El Malbec argentino va a encontrando parcelas, porciones de suelos que están ahí para descubrir en toda su diversidad, y este ejemplar de Durigutti es otra muestra de ello.

MUCHAS RAZONES QUE SOSTIENEN A UN CLÁSICO. Cuando un vino se transforma en un clásico, seguramente hay muchas razones detrás de eso. Un ejemplo es el Perdriel Centenario, un vino que la bodega Norton elabora desde hace décadas con un blend de Malbec, Cabernet Sauvignon y Merlot, todos de Luján de Cuyo. Lo tomé esta semana después de mucho tiempo, en un almuerzo en la propia bodega, y me reencontré con ese sabor amable de los vinos familiares al paladar. Estaba todo: el dulzor del Mb, la estructura del CS y la sedosidad del Mt. Un vino para el puro disfrute, acompañando al bife de chorizo único del restaurante La Vid, que acaba de incorporar a Santiago Maestre como chef después de que Patricia Suárez Roggerone decidiera tomar otros rumbos. En Norton hay un nuevo impulso, que incluye la llegada de Laura Serra en Hospitalidad y Turismo. Ya comenzaron con “Viaje por la magia del vino”, un espectáculo de magia en la cava de la bodega que formará parte de “Magia por los Caminos del Vino”, una nueva movida que está haciendo Bodegas de Argentina. Y, según anticipa Serra, se vienen varias novedades más. Entre la mano maestra enológica de David Bonomi, y las nuevas incorporaciones, habrá que estar atentos a las noticias de una de las bodegas pioneras de Mendoza.

CÓMO ESTUDIAR A FONDO VARIOS TERRUÑOS. Una degustación con Andrea Ferreyra, jefa de Enología de La Celia, me hizo comprobar por qué me gustan tanto los vinos de esa bodega de San Carlos. No hay ninguna casualidad: hay un plan, inversión, investigación, y todas las ganas del mundo de que el terroir exprese lo mejor que puede dar. La línea Los Terruños comenzó a pensarse en 2013, y recién en 2017 se lanzó la primera cosecha. Esos son los vinos que probamos: Paraje Altamira 2017 (Malbec), La Consulta 2017 (Cabernet Franc) y Eugenio Bustos 2017 (Cabernet Sauvignon). La Celia tiene la ventaja de que, en su tremendo paño de 380 hectáreas plantadas, conviven las tres geografías que dieron lugar a estos vinos. Fueron estudiando los terrenos, llenándolos de calicatas, hasta que llegaron al pedacito ideal del cual extraer las uvas para esta línea (en cada uno, de no más de una hectárea). Y eso se nota en el resultado final: los vinos son ricos, expresivos, profundos, y al mismo tiempo jugosos y tomables. Si tengo que elegir un favorito, me quedo con el Cabernet Sauvignon (de la parcela de Eugenio Bustos). Pero eso quizás se deba al momento, a esa botella en particular, a la temperatura, o simplemente a cómo estaba mi paladar ese día. Los vinos son así. Cualquiera de los tres es altamente recomendable, y es bueno que tengamos tantas opciones para darnos el lujo de discutir cuál nos gusta más.

POTENCIA EN BOCA PARA QUE TIEMBLEN LAS PAPILAS. La música y los vinos tienen algo en común. Un día me levanto con ganas de escuchar algo ligero, otro con ganas de algo más clásico, y otro con ganas de algo más potente. Con los vinos me pasa lo mismo, y a veces tengo ganas de tomar un blanco tranquilo, otras veces un tinto, un espumante, un vino ligero de beber o alguno de esos que dejan temblando las papilas. Hace unos días me dieron ganas de uno de estos últimos, y abrí un Huentala Block 3 La Isabel Estate Malbec 2019 Gualtallary, que el enólogo Pepe Morales elabora para Julio Camsen. Y no me equivoqué. Es uno de esos vinos concentrados, profundos, de color bien oscuro, que hay que dejar abiertos un buen rato después de haberlos guardado en la heladera, para que no se calienten mientras respiran en la botella. Vale la pena tomar esa precaución, porque lo que viene después es notable: un vino equilibrado, perfecto para una carne o una pasta con una salsa pesada, del que van apareciendo capas y capas de sabor. Las uvas están plantadas a 1.400 metros de altura y, si bien el proyecto es relativamente reciente, el potencial de La Isabel Estate ya se va trasladando a vinos de muy alta calidad.

GRAN LIBRO SOBRE EL BONARDA. En el marco del Plan Bonarda, Roberto González, gerente enológico de Nieto Senetiner, presentó en San Martín su libro “Bonarda, la historia de un gran vino”. Tuve el honor de que Roberto me pidiera que le escribiera el prólogo, que reproduzco a continuación:

La variedad Bonarda estuvo confundida por un buen par de siglos en la Argentina, pero el que nunca estuvo confundido fue Roberto González.

Conozco a Roberto desde finales de los años 70, cuando fuimos compañeros de la secundaria en la Escuela Vitivinícola Don Bosco, en Rodeo del Medio. Éramos todos adolescentes e inmaduros, pero Roberto era de los que estudiaban sistemáticamente y con seriedad.

Y desde entonces no ha dejado de hacerlo.

Hace más de veinte años, me contó un día que estaba elaborando en Nieto Senetiner un Bonarda de alta calidad, porque estaba convencido de que sus posibilidades en la vitivinicultura argentina eran enormes. A esa curiosidad la fue trasladando al ámbito académico, y de pronto no hubo grupo de estudios, asociación o entidad relacionada con el varietal que no lo tuviera como uno de sus miembros principales.

El trabajo de este libro es imprescindible, porque recorre la historia de la confusión nacional con el varietal. En 1786, primer censo oficial en Mendoza, no se lo mencionaba. En 1912, cuando apareció por primera vez en un texto, el autor sostenía: “No aconsejamos bajo ningún concepto continuar con la plantación de este cepaje”. Recién en 1962 se diferenció Bonarda de Barbera, y hubo que esperar hasta 1968 para que ambas quedaran registradas por separado en un censo vitivinícola oficial.

El camino fue tan extenso que recién en 2008 llegó la confirmación genética de su origen: la variedad Bonarda argentina era el Corbeau francés. Y sus uvas cubrían el 8,3% de la superficie total cultivada de viñedos del país.

Una vez que Roberto despeja las dudas sobre el varietal en la Argentina -con abundantes estadísticas, citas y cuadros- se sumerge en la historia de sus orígenes y la prolonga hasta la actualidad. No la voy a contar aquí, pero hay un muy buen dato “de color”, como decimos los periodistas: una de las denominaciones del Corbeau original era Corbeau Noir, “Cuervo Negro”, por el aspecto que tenían los racimos cuando colgaban de los troncos de los árboles. La vitis vinífera es una planta trepadora, y en el comienzo de los tiempos se la plantaba al lado de los árboles, para que les sirvieran de sostén. Los racimos quedaban suspendidos entre las ramas, y desde abajo se asemejaban a un cuervo de color negro profundo.

Aquel “Corbeau” tuvo un largo recorrido desde la Saboya francesa hasta la Argentina de hoy, donde su mayor plantación está en el Departamento de San Martín, en Mendoza. Este libro lo describe con detalle, gracias al sustento académico y la pasión por la investigación del autor.

El mayor aporte de este trabajo es que será ineludible recurrir a él cuando se hable de Bonarda en la Argentina. Roberto González ha estudiado, ha intercambiado conocimientos, ha viajado, ha experimentado lo suficiente como para dar respaldo a cada una de sus afirmaciones. Solo queda tomar una copa de Bonarda y brindar por la aparición de este libro, cuyo buen aprovechamiento hará que disfrutemos más de este varietal. Seguiremos discutiendo si es “el” o “la” Bonarda, pero estimo que a ese dilema nunca lo vamos a resolver.

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