Un crucero de Crystal Cruises con música, carnaval y literatura

Un memorable crucero unió New Orleans, cuna del “Dixieland”, y Rio de Janeiro, reino indiscutido del Samba y la Bossa Nova. Ambas comparten pasado colonial, influencia africana, pasión por el ritmo y culto al Rey Momo, con su Mardi Gras y Carnaval Carioca. Y la literatura fue el hilo que enhebró estas dos perlas

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Texto: Guido Minerbi

Fotos: Carmen Silveira

El 31 de diciembre despegamos de Ezeiza hacia Miami y celebramos la llegada de 2019 -sin champagne ni pan dulce- pero a 13.000 metros de altura. Gracias a un auto que Alamo Rent-a-Car nos facilitó generosamente, logramos un ahorro notable en tarifas aéreas. De la Miami del “déme dos” a la New Orleans capital del mejor jazz, el vuelo salía casi 700 dólares cada uno, mientras que desde Orlando –todo un misterio- ¡sólo pagamos 98 dólares en Frontier, una excelente low-cost!

New Orleans: ¡Satchmo presente, Katrina ausente!

Amantes del jazz, el piloto de Frontier nos emocionó al anunciar el arribo al Aeropuerto Internacional “Louis Armstrong” de New Orleans. En la autopista al centro, ni rastros de la destrucción causada por el huracán Katrina años atrás, cuando arrasó la ciudad. Diez minutos de tranvía -antiguo y eficiente- nos llevaron al “Vieux Carré”, histórico barrio francés y a la famosa calle Bourbon, donde se “vive” el jazz. Músicos callejeros marcan ritmos pulsantes en tarros de pintura y conjuntos en los que reinan los bronces dan vida a la zona. La calle muestra que New Orleans fue española y francesa antes de tornarse anglófona. Suponíamos que el nombre honraba el whiskey americano “bourbon” de Kentucky. ¡Pero no! Es la versión afrancesada de la que fuera la “Calle de Borbón”…

Inesperada “Penthouse”

Al mediodía nos embarcamos en el Crystal Symphony que, a partir de ese momento, sería nuestro hotel seis estrellas a  flote. Nos escoltaron a la cubierta 9 y a nuestra cabina que resultó ser una lujosa “Penthouse”, con una cama gigantesca, amplio balcón con mesa y reposeras y elementos de confort que nos cautivaron. Recorríamos extasiados el que sería nuestro hogar por casi 20 días -la Penthouse 9042- cuando un discreto timbre anunció la llegada imponente de Raja -en frac- nuestro mayordomo exclusivo nacido en Chennai, la ex Madrás, India. Con él, dos camareras -india una, serbia otra- que acondicionarían nuestro hogar varias veces al día.

Gastronomía para entendidos  

En dique seco, Crystal Cruises introdujo en 2017 significativos cambios en el barco y redujo su capacidad para ampliar las “Suites” y las “Penthouses”. Al visitar por primera vez el nuevo restaurante Waterside, nos dimos cuenta de que eso de ponerse a dieta quedaría para otra oportunidad. Abundan  allí mesas para dos y las comidas tienen horario flexible. Los anglosajones, mayoría a bordo, cenan a las 18:00, mientras que latinos y otros rara vez lo hacen  antes de las 20:30. Hay varios restaurantes a bordo y dos de especialidades: el Umi Uma, propone “fusión” oriental, regenteado a la distancia por el famoso chef peruano-nipón Nobu Matsushita. El otro es el itálico Prego, cuya sopa de champiñones servida en un pan ahuecado y su ossobuco a la milanesa son inolvidables. Prego demuestra que la comida une a los pueblos: ¡su chef es alemán! A éstos dos se suma una novedad, la Churrascaria, típico “rodizio” brasileño, con suculentas carnes y adictivas “caipirinhas”. Tantas opciones crean gratos dilemas sobre dónde “castigarse”.

Zarpada para madrugadores

Resonó en el puerto silencioso la potente sirena del Crystal Symphony, que se apartó del muelle dejando atrás una ciudad somnolienta un domingo a las 7 de la mañana. Pronto se disipó la bruma y apareció en toda su amplitud el río Mississippi tan ancho que, quizás por eso, requiere cuatro “eses” y dos “pes” en su nombre. Un recodo y New Orleans quedó atrás. Avistamos márgenes arboladas semejantes a las de nuestro Delta. De golpe volvimos a nuestra adolescencia. Su bien no navegábamos en una balsa, nos sentimos como Tom Sawyer y Huck Finn, jóvenes héroes de Mark Twain. Quien había ideado este itinerario debía ser un adicto a la lectura. Navegaríamos hacia el Golfo de México por el Mississippi de Twain y luego lo haríamos por el Caribe del intrépido Corsario Negro de Salgari. Pasaríamos por la Guyana Francesa de Henri Charrière -“Papillon”- y atracaríamos en Salvador da Bahia, donde podríamos toparnos con uno de los dos maridos de Dona Flor, de  Jorge Amado…

El Caribe y la memoria de un pasado colonial

En Grand Cayman, territorio británico de ultramar, el idioma oficial es el inglés, como lo es a bordo del Symphony. Sus tripulantes son de unas 40 nacionalidades, por lo cual quien no habla inglés está también a su gusto, atendido ya sea por latinoamericanos, europeos, asiáticos o australianos. Grand Cayman cuenta con extensas playas de arena coralina y aguas transparentes. A playas paradisíacas, se suma otro tipo de paraíso: el fiscal…

Al llegar, tuvimos la sensación de ingresar a un mega “duty-free” disfrazado de pequeña ciudad. No compramos nada: al convertir libras o dólares a pesos, había que sumarles demasiados ceros… Gran cantidad de multicolores gallos se pavonean en el centro. Los vehículos circulan por la izquierda y las variopintas aves lo saben y salvan así el pellejo. No así los turistas, que suelen mirar para el lado “equivocado” antes de cruzar, corriendo grandes riesgos…

Willemstad, la mini-Ámsterdam caribeña

Visitamos Willemstad, capital de Curaçao, infinitamente más hermosa, atractiva y multicultural, que integra elementos holandeses, ibéricos, anglosajones y “creole” (criollos). Domina el idioma holandés, pero muchos entienden castellano, portugués e  inglés. Aun así, lo más difundido a nivel popular es el papiamento, lengua musical e incomprensible. Por el calor reinante, recorrimos a paso lento y sudoroso ambas márgenes del canal St. Annabaal que separa las dos partes de la ciudad. Un puente sobre barcazas une Otrobanda con la señorial y refinada Punda, con tiendas de marcas prestigiosas e infinidad de íntimos restaurantes y barcitos que le confieren esa atmósfera de “mini-Ámsterdam”.  Casas altas y angostas como en Holanda difieren de las de allá sólo por sus vivísimos colores. Estos colores “caribeños” comenzaron a utilizarse por decreto. Un alcalde padecía fuertes migrañas, agravadas por el original blanco enceguecedor de las casas. Así, obligó a pintarlas de colores que reflejaran menos el sol tropical. Los muchos canales y puentecitos de Punda parecen calcados de obras de van Gogh, cuando él aún lucía sus dos orejas…

No vimos gallos, sino perezosas iguanas en las veredas del característico “mercado flotante” de frutas, verduras y pescado. El mercado realmente no flota, pero está ubicado en la costanera del canal Waaigat. Las que sí flotan son las embarcaciones que los puesteros amarran a lo largo del canal para traer sus productos. Curaçao es independiente a efectos administrativos, pero forma parte del Reino de Holanda. Así, es más significativo allí ser compatriotas de la Reina Máxima que de Messi o Maradona…

Grenada, fusión de aromas y tormentoso pasado colonial

Tras un día y una noche de navegación amarramos en St. George’s, capital de Grenada. La isla fue descubierta por el mismísimo Colón, quien la bautizó Concepción. El Gran Almirante optó por no bajar de su carabela por parecerle muy hostiles los nativos. Posteriores navegantes granadinos vieron en el paisaje un parecido con su tierra natal y la rebautizaron Granada. Francia desplazó a España y al poco tiempo  fue echada por Inglaterra en un avatar colonial. Todos ellos dejaron su marca en el estilo de las casas que trepan por las laderas aterrazadas del que fuera un volcán muy activo. Granada pasó a llamarse Grenada, con “e”, y ese nombre persiste hasta el presente. La isla es montañosa, muy diferente de otras islas caribeñas bajas y llanas, y forma parte de un grupo de pequeñas islas en el extremo sudeste del Caribe.

Nos resultó atractiva, por sus playas, por la lujuriosa vegetación y por los fragantes aromas que emanan las especias que se cultivan allí. Hay vainilla, cacao, pimienta, clavo de olor y canela, pero reina la nuez moscada, de la que se produce el 75% del total mundial. Subimos trabajosamente – no por lo empinado sino por lo caluroso- a la colina donde se levanta el Fuerte George para admirar la vista que se goza desde allí. Vimos lo que quedó en pie de la catedral anglicana, que aguarda ahora su restauración. Atribuimos los daños a un terremoto pero descubrimos que los había causado un furibundo tornado tropical. Volvimos al barco a la hora del té y nos refugiamos en el Patio de las Palmeras en la cubierta once -donde se disfruta de un tradicional té completo- con una vista panorámica hacia proa que regala un amplio ventanal en forma de herradura. Dejaríamos pronto atrás el Caribe y, ya en el Atlántico, cruzaríamos el ecuador.

Geografía y ortografía que dan lugar a dudas

En su habitual discurso del mediodía, el Capitán Larsen -sueco- nos aclaró una duda: la Guayana -con “a”- es una  zona geográfica de Sudamérica, pero nosotros haríamos escala en la Guyana (sin “a”) Francesa…

Un archipiélago de tres islas está frente a sus costas. Lo integran tres islas: du Diable, Royale y St. Joseph. Desembarcamos con los “tenders” (lanchas de salvamento) al no haber muelle o calado para un barco como el Symphony. El Emperador Napoleón III mandó construir allí formidable presidios  donde languidecieron unos 80.000 desgraciados, muchos de quienes no volvieron jamás a su amada Francia. Los presidios se cerraron en 1946 y hoy sólo queda un puñado de pobladores francófonos. La moneda es el euro, pero el dólar es bienvenido. El presidio que visitamos está semiderruido y la población más cuantiosa es la de millones de cigarras ensordecedoras e infinidad de monos de larga cola, del tamaño de un perro mediano. Los bautizamos “monos artilleros” que comen cocos, beben el líquido dulzón y disfrutan de su pulpa blanca. Con las sobras, se entretienen en apuntar a los visitantes y un coco casi nos parte la cabeza. ¡Por suerte los simios “artilleros” tienen escasa puntería! Comparado con el presidio francés, el de Ushuaia, hoy museo, parecería una atractiva colonia de vacaciones… Entre otros destacados presos, se recuerdan el famoso Capitán Alfred Dreyfus, injustamente acusado de espionaje y “Papillon” (el sobrenombre de Henri Charrière), acusado de un asesinato que jamás cometió. El calor húmedo es verdaderamente agobiante (45º C a las 9 de la mañana). Por suerte en el amarradero nos aguardaba el tender con bebidas y toallitas heladas.

“Primerizos” hallados culpables al cruzar el ecuador

Tras el fatídico cruce del ecuador, el barco pondría proa a Recife, Salvador da Bahia y Rio. A las 11 de la mañana cruzamos el ecuador y Neptuno con sus huestes y temible tridente abordó el barco. Un incorruptible juez -el empelucado Director del Crucero- halló “culpables” a los “primerizos” y los condenó a besar un gran pescado, a ser embadurnados con algo pegajoso y ser arrojados a la gran piscina de la nave. La sorpresa cundió cuando el propio Comandante Larsen -de uniforme- fue hallado “culpable” y arrojado al agua sin miramientos como todos los demás. Eso nos confirmó que un servicio personalizado  -de superlujo  y seis estrellas- no está reñido con un estilo amigable, informal y relajado.

Escala en Recife antes de acercarnos a Amado y Vinicius

Las dos escalas antes de Rio fueron Recife y Salvador, cautivantes y diferentes. El noreste de Brasil tiene una esencia “nordestina” y coexisten allí huellas de lo ancestral, portugués y holandés. En la maravillosa Olinda, ciudad colonial muy próxima a Recife, domina lo portugués. En Recife, por el contrario, se yerguen más casas “a la holandesa” que en la propia Willemstad. Por la calle es habitual cruzarse con personas mestizas de baja estatura, piernas levemente encorvadas y cabellera crespa rojiza que allí definen “sarará”. Son una evidente cruza de etnias nativas, africanas y holandesas. Recife es una gran ciudad, cruzada por ríos y puentes. Lo más llamativo, después del sosiego del Caribe, es el constante hormigueo de gente en sus calles.

Lo mismo ocurre en Salvador donde todo es un pulular de transeúntes, músicos, vendedores ambulantes, buscavidas rodeados de alegra griterío, color, calor -mucho calor- y el perfume de comida callejera y frutas tropicales. Tras sortear un caótico tránsito, esperamos bajo un sol cruel una de las cabinas del Elevador Lacerda, ascensor público instalado a fines de 1800. Por el irrisorio equivalente de un peso de los nuestros con cincuenta centavos -quince centavos de real- llegamos a un mundo bellísimo y colonial, que conforma el Pelourinho. En el barrio alto de Salvador aguardan matronales “bahianas” en amplios vestidos y coloridos turbantes, que posan para una foto por pocos reales o distribuyen las cintitas-pulsera dedicadas al Senhor do Bomfim. Si al anudarlas uno  expresa por lo bajo tres deseos, éstos se cumplirán cuando se desprendan solas. El color lo embiste a uno por todos lados y abundan hermosas iglesias coloniales y barrocas. Edén para fotógrafos aún más que Olinda, el Pelourinho compone un hermoso cuadro, atractivo y mágico. El calor requiere cerveza y el lugar donde tomarla es el bar del hotel “boutique” Villa Bahia, decorado con antigüedades. Uno se arrellana en un cómodo sillón y el mundo transcurre en cámara lenta en la ancha peatonal. El más sabio -pero temporario- antídoto contra el calor es tomar unas cervezas “estúpidamente geladas”, como dicen allí.

Éstas inspiraron una reflexión: el crucero nos estaba llevando de la capital del “dixieland” a la del samba y la bossa nova. Pero también desde una ex capital de Brasil a otra. Salvador fue la primera hasta ser suplantada por Rio. Ésta, a su vez, dejó de serlo al inaugurarse la modernísima Brasilia con los icónicos edificios del gran Oscar Niemeyer.

El Symphony finalizó un tramo de este crucero -que lo llevaría a dar la vuelta al mundo- al ingresar a la magnífica Bahia de Guanabara,  en tupí-guaraní “guana-para” o “ensenada de mar”, que refleja a Rio de Janeiro, su Pão de Açucar y el Corcovado bajo la severa mirada del Cristo Redentor. La llegada es  impactante y -según el Capitán Larsen- es una de las cinco “llegadas” por vía marítima más hermosas del mundo. No bastaría una enciclopedia para decir todo de la “cidade maravilhosa” donde desembarcamos.

De Brasil volamos a Ezeiza en la “alfombra mágica” de Qatar y su renombrado servicio… En Ezeiza nos recibió un exministro -perdido en la noche de los tiempos- total desconocido para la mayoría de los turistas: “Who was this Pistarini?” nos consultó la pasajera del 37A…

No tuvimos aquí un trompetista como Satchmo, pero nos preguntamos por qué nuestro mayor aeropuerto no honra, por ejemplo, la memoria del “zorzal criollo”, Carlos Gardel, sinónimo del tango argentino más auténtico o de Astor Piazzolla, su renovador…

Cómo informarse:

El mayorista de cruceros Reise Destination es el Agente de Ventas de Crystal Cruises en la Argentina y Uruguay. Lo dirige Rodrigo Pérez Freiria (rodrigo@reisedestination.com) Tel. (+54 9 11) 5254-9096.

El Crystal Symphony tiene un tonelaje de 51.044 toneladas, una eslora (largo) de 237.10 metros y una manga (ancho) de 30.20 metros, lo cual lo califica como nave de tamaño mediano y superlujo. Tiene capacidad para 848 huéspedes, distribuidos en cabinas, penthouses y suites. El Symphony no tiene cabinas internas y la mayoría cuentan con balcón. En total, tiene 12 cubiertas. El servicio incluye todas las bebidas -alcohólicas o no- y el uso irrestricto de WI-FI.

Crystal ofrece también cruceros de superlujo en sus cinco barcos fluviales que navegan por los mayores ríos de Europa, visitando, según la programación anual, Alemania, Austria, Bélgica, Croacia, Eslovaquia, Francia, Holanda, Hungría, Serbia y  Suiza. En estos cruceros, además, está incluida una vasta gama de excursiones en tierra y el 100% del alojamiento es en suites con mayordomo.